Lo bueno de leer, aunque sólo sea ojear los periódicos, es que descubres que gente más inteligente o más preparada que tú, da en el clavo de lo que querías decir, de lo que llevas pensando hacía tiempo, en una sola frase. Pasó el domingo cuando leí el comentario de Savater al que hacía referencia ayer; y pasó ayer, cuando leí la columna de tv de El País que diariamente escribe David Trueba. Hablaba de Delibes y de cómo TVE era la única tele que había modificado la programación para homenajear al propio Delibes y de la grandeza de éste y del elenco de actores de Los Santos Inocentes, y acababa con esta frase: "Menos mal que existe la muerte, porque si no jamas se nos permitiría expresar cierto orgullo por los nuestros"
Hace poco, por su fallecimiento, todos flipamos de lo genial que fue J.L. Vázquez. Y aunque el orgullo me parece un concepto en muchos casos obsoleto, con unas connotaciones que nada me gustan y prefiero utilizarlo poco, ahora, es momento, no sólo de mostrar el orgullo por el Gran Delibes, (creo que es el escritor español que más he leído y, ¡qué cariño le tengo al Sr. Cayo!¡qué maravillosos recuerdos!), sino que también, el orgullo, como dice Trueba, por lo que hicieron en la estupenda película Los Santos Inocentes Rabal, Landa, Diego, Pavez, González..., un monumento a la altura, sin duda, del que hicieron Brando, Pacino, Cann, Duvall y Keaton para El Padrino.
martes, 16 de marzo de 2010
lunes, 15 de marzo de 2010
Domingo
Leí en un artículo de Mabel Galaz de ayer en El País en el que trataba de descifrar el éxito de Belén Esteban, como Savater daba en el clavo del porqué de éste. Decía Savater que "El nivel cultural de este país es tal que encontrar a alguien que está por debajo satisface a muchos" y añadía, "Es como las mujeres que tienen una amiga más fea para parecer ellas más guapas". No sólo a esto se debe el éxito mediatico de la Esteban, en realidad, todos necesitamos a alguien menos que nosotros para sentirnos más.
Después me fui a Cangas a comerme una churrascada de época y vi un partido de un deporte que no sé cómo se llamaba y que era un mezcla de piragüismo, baloncesto y waterpolo en el que dos equipos, de cinco o seis componentes montados en kayak, se enfrentaban en un campo limitado por boyas y que tenían que meter gol (supongo que se llamaba así) en una especio de tablero de bloncesto con red. Debía ser un campeonato Gallego y, en lo que supuse era la final, jugaban el equipo de casa, o sea el Cangas de Morrazo con el de Ferrol. Hay gente para todo, pensé, y cogimos el coche para ir a casa.
Al llegar a casa, como el sol todavía calentaba, decidí ir a ver al Gran Peña, el equipo de mi barrio (Lavadores, Vigo). Ahí tuve una extraña conversación con el paisano de turno que está en la puerta, pero en realidad no está.
Entro en el campo.
Paisano: No se puede entrar.
Yo: ¿No se puede entrar?
Paisano: No, no se puede.
Yo: pero... por qué no se puede.
Paisano: porque acaba de comenzar el segundo tiempo.
Yo: ¿Y por eso no se puede entrar?
Paisano: Sí.
Yo: pero, ¿ni pagando?
Paisano: ah, pagando sí.
Todo muy vigués. Si no, lean La playa de los ahogados u Ojos de Agua, de Domingo Villar. Además de disfrutar de dos espléndidas novelas negras, sabrán de lo que hablo cuando digo todo muy vigués.
Más tarde, siesta, baño de Xavier, roscón, Escassi y el suplemento hombre de El País, donde descubrí, que bien llevados, se pueden llevar zapatos con calcetines blancos (subiendo un poco el bajo del pantalón, para hacerlo evidente, pero elegante) y que nunca, por muy moderno que parezca, se puede llevar traje con zapatillas tipo Converse. El traje, siempre con zapato.
Buen lunes!
Después me fui a Cangas a comerme una churrascada de época y vi un partido de un deporte que no sé cómo se llamaba y que era un mezcla de piragüismo, baloncesto y waterpolo en el que dos equipos, de cinco o seis componentes montados en kayak, se enfrentaban en un campo limitado por boyas y que tenían que meter gol (supongo que se llamaba así) en una especio de tablero de bloncesto con red. Debía ser un campeonato Gallego y, en lo que supuse era la final, jugaban el equipo de casa, o sea el Cangas de Morrazo con el de Ferrol. Hay gente para todo, pensé, y cogimos el coche para ir a casa.
Al llegar a casa, como el sol todavía calentaba, decidí ir a ver al Gran Peña, el equipo de mi barrio (Lavadores, Vigo). Ahí tuve una extraña conversación con el paisano de turno que está en la puerta, pero en realidad no está.
Entro en el campo.
Paisano: No se puede entrar.
Yo: ¿No se puede entrar?
Paisano: No, no se puede.
Yo: pero... por qué no se puede.
Paisano: porque acaba de comenzar el segundo tiempo.
Yo: ¿Y por eso no se puede entrar?
Paisano: Sí.
Yo: pero, ¿ni pagando?
Paisano: ah, pagando sí.
Todo muy vigués. Si no, lean La playa de los ahogados u Ojos de Agua, de Domingo Villar. Además de disfrutar de dos espléndidas novelas negras, sabrán de lo que hablo cuando digo todo muy vigués.
Más tarde, siesta, baño de Xavier, roscón, Escassi y el suplemento hombre de El País, donde descubrí, que bien llevados, se pueden llevar zapatos con calcetines blancos (subiendo un poco el bajo del pantalón, para hacerlo evidente, pero elegante) y que nunca, por muy moderno que parezca, se puede llevar traje con zapatillas tipo Converse. El traje, siempre con zapato.
Buen lunes!
jueves, 11 de marzo de 2010
11
Me he levantado normalmente, me he duchado, le he dado un beso a Xavier, que estaba en la cama de mis padres, riéndo como (casi) siempre; he salido de casa pensando en la reunión que tenía a las 11 y todo lo que tenía que preparar para ésta; pensando, también en el Madrid, en la eliminación de ayer; he puesto la radio, radio Marca: en un día como hoy había que escuchar Radio Marca, he pensado; había publicidad cuando he sintonizado la emisora, después, el locutor ha dicho la fecha de hoy y que hacía seis años desde..., y como cada 11 de marzo desde aquel fatídico 2004, me he estremecido y me he entristezido.
Después, el día ha pasado normal: porras, Marca, reunión, Avid, Final Cut, llamadas, risas, trabajo... pero no me podido quitar de la cabeza un texto de Arturo Pérez Reverte que leí hace unos años y que en su momento me gustó mucho.
Copio/pego.
Era guapísima, pensó. La mujer más guapa del mundo. Un vestido negro, escotado por detrás, el pelo recogido en la nuca. Unos ojos grandes e inteligentes que lo miraron de esa manera singular con que miran algunas mujeres, como si se pasearan por dentro de ti, escudriñándote cada rincón, y esa certeza te erizara la piel. No sabía cómo se llamaba, ni quién era. Ni siquiera si estaba con otro. Pero comprendió que era ella. Así que venció el nudo que se le había hecho en la garganta y dijo aquí te la juegas, chaval, te juegas el resto de tu vida, y a lo mejor haces el ridículo más espantoso; pero sería peor no intentarlo. Así que se fue derecho hacia ella, recorriendo esos cinco últimos metros que ningún hombre inteligente franquea si no son los ojos de la mujer los que invitan a recorrerlos. Hola, me llamo tal, dijo. Y no me perdonaría nunca dejarte salir de mi vida sin intentarlo. Ella lo miró despacio, evaluando su sonrisa algo tímida, la manera sencilla que tenía de estar de pie ante ella, encogiendo un poco los hombros como diciéndole ya sé que lo hemos visto muchas veces en el cine y por ahí, pero no puedo evitarlo. Te pareces a esas cosas que uno sueña cuando es niño.
Lo consiguió. La felicidad le estallaba dentro y el mundo y la vida eran una aventura maravillosa. Bailaron, rieron. Compartieron sus mundos e hicieron que éstos empezaran a fundirse el uno con el otro. Música, cine, viajes, libros. Tiene cosas que yo necesito, pensó. Cosas que a mí me faltan. A veces se quedaban callados, mirándose un rato largo, y ella sonreía un poco, casi enigmática. Quizá se sienta como yo me siento, pensó él. Tocó su piel, rozándola con precaución al principio. Acercaron los rostros para conversar entre la música, acarició su cabello, respiró su aroma, asimiló cada registro de su voz. Algo hice para merecerla, pensó de pronto. Los años de colegio, la facultad, el trabajo, la lucha por la vida. Sentía que era un premio especial; que una mujer así no caía del cielo a cambio de nada. Eso lo hizo sentirse más seguro, más cuajado y adulto. Y en sólo unas horas, maduró. Se hizo lúcido y se dispuso a merecerla.
Llegaron las campanadas. Ding, dong. Todos bailaban y reían, brindaban, chocaban las copas salpicándose de champaña. Feliz 2001. Feliz año nuevo. Él nunca había sido muy sociable; tenía sus ideas sobre las fiestas de año nuevo en general y sobre la Humanidad en particular, y no eran ingenuas en absoluto. Sin embargo, aquella vez amó a sus semejantes. Los habría abrazado a todos. Con la última campanada ella se quedó mirándolo en silencio, la copa en la mano, la boca entreabierta, y él se inclinó sobre sus labios. Sabían a champaña y a carne tibia, y a futuro. Alrededor los amigos aplaudían y bromeaban sobre el flechazo. Ellos seguían mirándose a los ojos y se besaron de nuevo, ajenos a todo. Y más tarde, rozando el alba, la acompañó a su casa. Se besaron de nuevo en el portal, mucho rato, y él regresó a casa caminando en la luz gris del amanecer, las manos en los bolsillos, sintiendo deseos de dar pasos de baile, como en las películas. Estaba enamorado.
Pasaron los meses y se amaron con locura. Ella estaba en el último año de carrera; él, a punto de conseguir el trabajo soñado durante muchos años. Viajaron juntos y hubo un verano maravilloso, el mar, los paseos por la playa, las noches cálidas. Cuando estaban juntos apenas necesitaban otra cosa. Ella se le aferraba, jadeante, sus ojos muy abiertos cerquísima de los suyos, abrazándolo como si pretendiera hundírselo para siempre en las entrañas. Te amaré toda mi vida, dijo él. Me parece que deseo un hijo, dijo ella. Que se parezca a ti. Que se nos parezca. El mundo era una trampa hostil, pero podía ser habitable, después de todo. Era posible, descubrieron sorprendidos, construir un lugar donde abrigarse del frío que hacía allá afuera: un refugio de piel cálida, de besos y de palabras. A veces se imaginaban de viejos, con nietos, libros, un pequeño velero con el que navegar juntos por un mar de atardeceres rojos y de memoria serena.
Aquel año consiguió el trabajo por el que había luchado toda su vida. Un puesto de responsabilidad en una multinacional importante. El primer día que fue al despacho, al llegar a su mesa situada junto a la ventana con una vista maravillosa de la ciudad, pensó que había llegado a algún sitio importante, y que el triunfo también era de ella. Tenía que compartir ese momento, así que descolgó el teléfono y marcó el número de la casa donde ahora vivían juntos. Estoy aquí, lo he conseguido. Estoy en la cima del mundo, dijo. Y te quiero. Mientras hablaba sus ojos se posaron, distraídos, en el calendario que estaba sobre la mesa: martes 11 de septiembre. Luego se volvió a mirar por la ventana. El día era hermoso, los cristales de la otra torre gemela reflejaban el sol de la mañana, y un avión enorme se acercaba volando muy bajo.
Después, el día ha pasado normal: porras, Marca, reunión, Avid, Final Cut, llamadas, risas, trabajo... pero no me podido quitar de la cabeza un texto de Arturo Pérez Reverte que leí hace unos años y que en su momento me gustó mucho.
Copio/pego.
Era guapísima, pensó. La mujer más guapa del mundo. Un vestido negro, escotado por detrás, el pelo recogido en la nuca. Unos ojos grandes e inteligentes que lo miraron de esa manera singular con que miran algunas mujeres, como si se pasearan por dentro de ti, escudriñándote cada rincón, y esa certeza te erizara la piel. No sabía cómo se llamaba, ni quién era. Ni siquiera si estaba con otro. Pero comprendió que era ella. Así que venció el nudo que se le había hecho en la garganta y dijo aquí te la juegas, chaval, te juegas el resto de tu vida, y a lo mejor haces el ridículo más espantoso; pero sería peor no intentarlo. Así que se fue derecho hacia ella, recorriendo esos cinco últimos metros que ningún hombre inteligente franquea si no son los ojos de la mujer los que invitan a recorrerlos. Hola, me llamo tal, dijo. Y no me perdonaría nunca dejarte salir de mi vida sin intentarlo. Ella lo miró despacio, evaluando su sonrisa algo tímida, la manera sencilla que tenía de estar de pie ante ella, encogiendo un poco los hombros como diciéndole ya sé que lo hemos visto muchas veces en el cine y por ahí, pero no puedo evitarlo. Te pareces a esas cosas que uno sueña cuando es niño.
Lo consiguió. La felicidad le estallaba dentro y el mundo y la vida eran una aventura maravillosa. Bailaron, rieron. Compartieron sus mundos e hicieron que éstos empezaran a fundirse el uno con el otro. Música, cine, viajes, libros. Tiene cosas que yo necesito, pensó. Cosas que a mí me faltan. A veces se quedaban callados, mirándose un rato largo, y ella sonreía un poco, casi enigmática. Quizá se sienta como yo me siento, pensó él. Tocó su piel, rozándola con precaución al principio. Acercaron los rostros para conversar entre la música, acarició su cabello, respiró su aroma, asimiló cada registro de su voz. Algo hice para merecerla, pensó de pronto. Los años de colegio, la facultad, el trabajo, la lucha por la vida. Sentía que era un premio especial; que una mujer así no caía del cielo a cambio de nada. Eso lo hizo sentirse más seguro, más cuajado y adulto. Y en sólo unas horas, maduró. Se hizo lúcido y se dispuso a merecerla.
Llegaron las campanadas. Ding, dong. Todos bailaban y reían, brindaban, chocaban las copas salpicándose de champaña. Feliz 2001. Feliz año nuevo. Él nunca había sido muy sociable; tenía sus ideas sobre las fiestas de año nuevo en general y sobre la Humanidad en particular, y no eran ingenuas en absoluto. Sin embargo, aquella vez amó a sus semejantes. Los habría abrazado a todos. Con la última campanada ella se quedó mirándolo en silencio, la copa en la mano, la boca entreabierta, y él se inclinó sobre sus labios. Sabían a champaña y a carne tibia, y a futuro. Alrededor los amigos aplaudían y bromeaban sobre el flechazo. Ellos seguían mirándose a los ojos y se besaron de nuevo, ajenos a todo. Y más tarde, rozando el alba, la acompañó a su casa. Se besaron de nuevo en el portal, mucho rato, y él regresó a casa caminando en la luz gris del amanecer, las manos en los bolsillos, sintiendo deseos de dar pasos de baile, como en las películas. Estaba enamorado.
Pasaron los meses y se amaron con locura. Ella estaba en el último año de carrera; él, a punto de conseguir el trabajo soñado durante muchos años. Viajaron juntos y hubo un verano maravilloso, el mar, los paseos por la playa, las noches cálidas. Cuando estaban juntos apenas necesitaban otra cosa. Ella se le aferraba, jadeante, sus ojos muy abiertos cerquísima de los suyos, abrazándolo como si pretendiera hundírselo para siempre en las entrañas. Te amaré toda mi vida, dijo él. Me parece que deseo un hijo, dijo ella. Que se parezca a ti. Que se nos parezca. El mundo era una trampa hostil, pero podía ser habitable, después de todo. Era posible, descubrieron sorprendidos, construir un lugar donde abrigarse del frío que hacía allá afuera: un refugio de piel cálida, de besos y de palabras. A veces se imaginaban de viejos, con nietos, libros, un pequeño velero con el que navegar juntos por un mar de atardeceres rojos y de memoria serena.
Aquel año consiguió el trabajo por el que había luchado toda su vida. Un puesto de responsabilidad en una multinacional importante. El primer día que fue al despacho, al llegar a su mesa situada junto a la ventana con una vista maravillosa de la ciudad, pensó que había llegado a algún sitio importante, y que el triunfo también era de ella. Tenía que compartir ese momento, así que descolgó el teléfono y marcó el número de la casa donde ahora vivían juntos. Estoy aquí, lo he conseguido. Estoy en la cima del mundo, dijo. Y te quiero. Mientras hablaba sus ojos se posaron, distraídos, en el calendario que estaba sobre la mesa: martes 11 de septiembre. Luego se volvió a mirar por la ventana. El día era hermoso, los cristales de la otra torre gemela reflejaban el sol de la mañana, y un avión enorme se acercaba volando muy bajo.
jueves, 4 de marzo de 2010
Marsellesa
Las generaciones anteriores no lo sé, pero los que nacimos en la España democrática, o al albor de ella, siempre hemos envidiado de Francia su himno. Escuchar a todo un estadio en un partido de la selección de fútbol, o mejor, en uno del torneo 5 (6) naciones de Rugby, cantar una canción tan bonita y simbólica como la Marsellesa, todos al unísono, como si fueran una sola voz, una sola persona, es algo que pone la carne de gallina, aunque seas, como en el caso de ayer, del equipo contrario. Todo lo demás que nos jode de los franceses, los camiones en la frontera, el chovinismo, París... todo es superfluo; teniendo un hinmo como el suyo, nuestro complejo de inferioridad se reduciría enormemente.
Ayer, más bonito que escuchar a todo Saint Dennis de pie cantando la Marsellesa, fue verlos coreando olé, olé, olé cuando unos cuantos chavales, que sombolizan como nadie el fútbol del siglo XXI, no dejaban de dar pases, regates, desmarques, juego directo... Henry se fue silbado; Iniesta, ovacionado.
Un gran día, si señor.
Ayer, más bonito que escuchar a todo Saint Dennis de pie cantando la Marsellesa, fue verlos coreando olé, olé, olé cuando unos cuantos chavales, que sombolizan como nadie el fútbol del siglo XXI, no dejaban de dar pases, regates, desmarques, juego directo... Henry se fue silbado; Iniesta, ovacionado.
Un gran día, si señor.
lunes, 1 de marzo de 2010
Intuición
Siempre he pensado que para acometer cualquier empresa es más importante la intuición que el conocimiento de la materia en la que te vayas a meter. No sabía, ni sé, por qué, pero, a pesar de la titulitis y masteritis que tenemos actualmente, a pesar de todo el conocimiento del que disponemos, sin una importante dosis de intuición es muy difícil, creo, moverse o llevar a cabo cualquier empeño.
Esto que creía que era un idea peregrina mía, ahora, en una estupenda entrevista en el semanario XLsemanal y en un libro que verá la luz este mes de marzo, Punset lo confirma. Habla de esto y de algunas otras cosas igual de intersentates: por ejemplo, que los sueños nos sirven para memorizar lo que hemos aprendido durante el día. ¡Flipa!
Copio/pego algunas partes:
XL. Pero será mejor tenerla para sobrevivir. ¿No es mejor tener más información?
E.P. Depende de los casos. Está el famoso experimento de Milwaukee y Detroit. A la pregunta de qué ciudad es mayor, el 60 por ciento de los norteamericanos acertó: Detroit. A la misma pregunta, el 9o por ciento de los alemanes acertó. ¿Por qué aciertan más los alemanes? Sencillamente, porque no tienen ni idea de Milwaukee. Cuando puedes disponer de toda la información necesaria, entonces es mejor la decisión racional; ahora bien, cuando no dispones de toda la información, es mejor tomar decisiones inconscientes.
XL. Insiste mucho en que hay que cambiar de opinión y en lo difícil que nos resulta a los humanos hacerlo.
E.P. ¿Cómo puede ser que los monos rhesus puedan cambiar de opinión y, sin embargo, los homínidos no lo hagan... ¡ni aunque los mates!?
XL. Destaca usted también la importancia del sueño para aprender.
E.P. Durante muchos años ha habido un gran debate sobre los sueños que partía de la idea freudiana de que cabía interpretarlos como reflejo de una realidad pasada o futura. Pero ahora ya sabemos para qué sirven los sueños. Lo hemos descubierto estudiando el sistema nervioso de la mosca del vinagre. Sabemos que ellas aprovechan el sueño para memorizar lo que han aprendido durante el día.
Nota: Esto de la intuición y el conocimiento, como toda regla, tiene una excepción: el montaje de los muebles de Ikea. Como te pases un paso del manual intentando seguir tu intuición, la has cagado: tendrás que desmontarlo entero para volver a empezar.
Esto que creía que era un idea peregrina mía, ahora, en una estupenda entrevista en el semanario XLsemanal y en un libro que verá la luz este mes de marzo, Punset lo confirma. Habla de esto y de algunas otras cosas igual de intersentates: por ejemplo, que los sueños nos sirven para memorizar lo que hemos aprendido durante el día. ¡Flipa!
Copio/pego algunas partes:
XL. Pero será mejor tenerla para sobrevivir. ¿No es mejor tener más información?
E.P. Depende de los casos. Está el famoso experimento de Milwaukee y Detroit. A la pregunta de qué ciudad es mayor, el 60 por ciento de los norteamericanos acertó: Detroit. A la misma pregunta, el 9o por ciento de los alemanes acertó. ¿Por qué aciertan más los alemanes? Sencillamente, porque no tienen ni idea de Milwaukee. Cuando puedes disponer de toda la información necesaria, entonces es mejor la decisión racional; ahora bien, cuando no dispones de toda la información, es mejor tomar decisiones inconscientes.
XL. Insiste mucho en que hay que cambiar de opinión y en lo difícil que nos resulta a los humanos hacerlo.
E.P. ¿Cómo puede ser que los monos rhesus puedan cambiar de opinión y, sin embargo, los homínidos no lo hagan... ¡ni aunque los mates!?
XL. Destaca usted también la importancia del sueño para aprender.
E.P. Durante muchos años ha habido un gran debate sobre los sueños que partía de la idea freudiana de que cabía interpretarlos como reflejo de una realidad pasada o futura. Pero ahora ya sabemos para qué sirven los sueños. Lo hemos descubierto estudiando el sistema nervioso de la mosca del vinagre. Sabemos que ellas aprovechan el sueño para memorizar lo que han aprendido durante el día.
Nota: Esto de la intuición y el conocimiento, como toda regla, tiene una excepción: el montaje de los muebles de Ikea. Como te pases un paso del manual intentando seguir tu intuición, la has cagado: tendrás que desmontarlo entero para volver a empezar.
jueves, 18 de febrero de 2010
Delafé
Delafé y las flores azules (sin al Facto) vuelven con nuevo single como adelanto a lo que será su próximo disco. Será por cómo se mueve él, o por lo guapa que es ella, por la cotidianiedad de sus letras, por su propuesta musical (¡¿hip-hop amable?!), por el Steady Running, porque en directo son pura luz y color... por lo que sea, pero a mí me encantan.
"Espíritu Santo" Delafé y Las Flores Azules
Delafé y Las Flores Azules | Vídeos musicales MySpace
(Missing SyR...)
"Espíritu Santo" Delafé y Las Flores Azules
Delafé y Las Flores Azules | Vídeos musicales MySpace
(Missing SyR...)
miércoles, 17 de febrero de 2010
Momentos deportivos I: El mate de Rudy.
Hay veces en el deporte (pocas veces, pero de vez en cuando ocurre) en las que la grandeza del perdedor hace empequeñecer al ganador, y la plata se queda en el imaginario colectivo, mientras el oro queda relegado al olvido. Quizá no de quién lo vivió directamente, pero sí para el resto de los seguidores. En fútbol pasó con la Holanda subcampeona del mundial del 74. Los que no vivimos en directo ese mundial, hemos oído hablar mucho de la Holanda de Cruyff, de la naranja mecánica, del fútbol total... y nada de la Alemania campeona.
En baloncesto, ocurrió en el 2008 en Pekín, en la final olímpica, cuando una generación superlativa de baloncestistas españoles entró de lleno en el corazón de la toda poderosa EEUU, se paseó por sus entrañas, divisó sus válvulas, sus puntos débiles, e hizo trabajar a ese corazón tan poco acostumbrado a ello, le hizo ponerse a mil para poder, por fin, después de mucho sufrir, hacerse con el oro. Como siempre, esa final la ganó Estados Unidos, pero en el imaginario colectivo quedará siempre España: quedará siempre Gasol, Navarro, Calderón, Reyes, Jiménez... quedará siempre, sobre todo, el mate de Rudy.
De ese partido apenas tengo recuerdos tangibles: no sé a qué hora fue, dónde lo vi, con quién; apenas recuerdo algún cruce de mensajes, supongo que con mis hermanos o con mis amigos Luis y David. Sí recuerdo, en cambio, emociones. La emoción de ver que España podía derrotar a USA, de sentirnos superiores en muchos momentos del partido, de tocar con los dedos, siquiera con las puntas, el sueño que parecía inalcanzable, y la emoción de ver como un chico espigado de Palma de Mallorca de 23 años, coge el balón en el centro del campo, se va de un contrario con una cinta, y directo, con una decisión impropia de quien se está enfrentando a una superpotencia, a la superpotencia, se encamina a canasta y, pasando por encima (y por debajo, y por un lado, y por detrás y por todos los lados) del gran Dwayne Howard, hace un mate glorioso, colgándose en el aro, que hace, no sólo temblar el tablero, sino levantar las ilusiones de todos los que en aquél momento lo estábamos viendo.
Ya digo que no sé con quién, ni cómo, pero sé que salté con Rudy y que, mientras éste estaba colgando del aro, yo estaba saltando, con las manos en la cabeza, emocionado, alucinado. También recuerdo, al rato de acabar el partido, un impulso irrefrenable por ir a Youtube y ver de nuevo el mate. Todavía hoy, de vez en cuando, tengo la necesidad de verlo; sobre todo cuando tengo que acometer alguna empresa que se me antoja imposible: veo el video y, casi siempre, cambio de opinión. Es como un símbolo del sí, podemos
Decía Ramón Trecet, sin par comentarista baloncestista y musical, al despedir cada día su programa de Radio 3, Diálogos 3, que “había que buscar la belleza, pues es lo único que merece la pena en este asqueroso mundo”. En este mate hay belleza, y mucha.
Disfrútenlo...
En baloncesto, ocurrió en el 2008 en Pekín, en la final olímpica, cuando una generación superlativa de baloncestistas españoles entró de lleno en el corazón de la toda poderosa EEUU, se paseó por sus entrañas, divisó sus válvulas, sus puntos débiles, e hizo trabajar a ese corazón tan poco acostumbrado a ello, le hizo ponerse a mil para poder, por fin, después de mucho sufrir, hacerse con el oro. Como siempre, esa final la ganó Estados Unidos, pero en el imaginario colectivo quedará siempre España: quedará siempre Gasol, Navarro, Calderón, Reyes, Jiménez... quedará siempre, sobre todo, el mate de Rudy.
De ese partido apenas tengo recuerdos tangibles: no sé a qué hora fue, dónde lo vi, con quién; apenas recuerdo algún cruce de mensajes, supongo que con mis hermanos o con mis amigos Luis y David. Sí recuerdo, en cambio, emociones. La emoción de ver que España podía derrotar a USA, de sentirnos superiores en muchos momentos del partido, de tocar con los dedos, siquiera con las puntas, el sueño que parecía inalcanzable, y la emoción de ver como un chico espigado de Palma de Mallorca de 23 años, coge el balón en el centro del campo, se va de un contrario con una cinta, y directo, con una decisión impropia de quien se está enfrentando a una superpotencia, a la superpotencia, se encamina a canasta y, pasando por encima (y por debajo, y por un lado, y por detrás y por todos los lados) del gran Dwayne Howard, hace un mate glorioso, colgándose en el aro, que hace, no sólo temblar el tablero, sino levantar las ilusiones de todos los que en aquél momento lo estábamos viendo.
Ya digo que no sé con quién, ni cómo, pero sé que salté con Rudy y que, mientras éste estaba colgando del aro, yo estaba saltando, con las manos en la cabeza, emocionado, alucinado. También recuerdo, al rato de acabar el partido, un impulso irrefrenable por ir a Youtube y ver de nuevo el mate. Todavía hoy, de vez en cuando, tengo la necesidad de verlo; sobre todo cuando tengo que acometer alguna empresa que se me antoja imposible: veo el video y, casi siempre, cambio de opinión. Es como un símbolo del sí, podemos
Decía Ramón Trecet, sin par comentarista baloncestista y musical, al despedir cada día su programa de Radio 3, Diálogos 3, que “había que buscar la belleza, pues es lo único que merece la pena en este asqueroso mundo”. En este mate hay belleza, y mucha.
Disfrútenlo...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)